Encuentro

Amanda terminó de limpiar cada objeto de la casa, y puso mayor interés en el piano de cola que lo cubrió con una sábana blanca para evitar que lo devorara el polvo.

Entró a la cocina con una botella de vino tinto, tomó una copa la que lleno hasta un poco antes de rebosar, y al dar el primer trago sintió como el líquido le produjo un cosquilleó en el cuerpo que avivó el pasado. Amanda, caminó rumbo al estudio donde escribió una pequeña nota dirigida a su madre y escuchó por unos minutos el canto de los grillos que se colaba por la ventana mientras miraba una foto.

Se paró decidida. Subió las escaleras de madera que la llevarían a su cuarto; estando ahí, se sentó en la cama, estirando su blanca mano de pianista para sacar del nochero el frasco de calmantes del que sacó todo el contenido, olvidando la dosis sugerida por el doctor Emiliano y las acompañó de vino.

La botella que nunca había soltado desde la cocina, iba un poco más debajo de la mita. Amanda se puso de pie y dejó caer su traje de luto, su figura blanca y delicada fue acariciada por el frío de la noche. No pudo detener sus lágrimas. Se quitó la ropa íntima de encajes con la misma suavidad que otros tiempos se la habían quitado. Se tumbó a la cama matrimonial de tendidos blancos y empezó a acariciar sus senos-roca de pezones erguidos. Sus manos se deslizaron por su abdomen durazno buscando colonizar las tierras del sur. Y una vez ahí, empezaron a palpar la región que hacía muchos meses era virgen.

Las piernas tenían vida propia, se estiraban, se encogía, se entrelazaba siguiendo la tonada que marcaban sus manos de pianista en la región de mayores acordes. Amanda, imaginaba que unos labios se posaban en su vientre y avanzaban en un viaje que pasó por el cuello donde lo llenaron de besos para detenerse al final en su boca, donde Amanda los envistió esos labios con su lengua ardiente, los saboreó, los devoró… Su piel se puso en guardia. Sintió unas manos que no eran las suyas que la acarician, la hacían estremecer, Amanda, oprimió el blanco tendido, apretó las nalgas. Empezó a respirar entre cortado, sintió que se asfixia.

Su excitación llegó al límite, mordió sus labios. Todo está en blanco, en la zona sur cuerpo llovía, más no hacía frío. Amanda, se entregó a la más bella agonía. Abriendo sus ojos, descubrió un rostro… el de Eduardo. La voz logró hacerse paso por medio del gemido para decir: “Por fin has venido por mí”.

AVELLANEDA FLÓREZ

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Written by Avellaneda Flórez
¡Hola¡ Soy Avellaneda Flórez, licenciada en literatura de la Universidad del Valle. Soy, una mujer que se dedicó a la literatura como oficio, pues soy docente de lengua castellana. Busco trabajar con la literatura no solo en las aulas de clase sino en espacios poco convencionales como parques, ancianatos, plazas de mercado, la ruta de un bus.